La guerra en Medio Oriente comienza a impactar de lleno en el suministro energético global. Qatar, uno de los principales exportadores de gas natural licuado del mundo, confirmó que su capacidad de producción y exportación quedó afectada a largo plazo tras los ataques contra la planta de Ras Laffan.
El Gobierno qatarí declaró la cláusula de “fuerza mayor” en los contratos de su empresa estatal Qatar Energy, lo que impactará directamente en países como China, Corea del Sur, Italia y Bélgica, grandes importadores de gas.
Según autoridades del sector, los daños provocados por los ataques iraníes generarán pérdidas millonarias y podrían tardar entre tres y cinco años en repararse completamente. Esto implica una reducción sostenida en la oferta global de energía en un contexto ya marcado por la inestabilidad.
El conflicto también continúa escalando en la región. Se registraron nuevos ataques con misiles y drones en distintos puntos de Israel y países del Golfo, mientras que las tensiones en el estrecho de Ormuz siguen generando preocupación por el comercio internacional de petróleo y gas.
En paralelo, los mercados reaccionan con volatilidad. El precio del crudo volvió a superar los 100 dólares por barril y las bolsas internacionales muestran fuertes oscilaciones ante la incertidumbre sobre la evolución del conflicto.
Desde Europa, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, advirtió que la situación energética es “crítica” y pidió avanzar en negociaciones para frenar las hostilidades.
El impacto de este escenario no solo se limita a la región. La posible escasez de gas y el aumento de los precios energéticos podrían trasladarse rápidamente a la inflación global, afectando economías en todo el mundo.
La guerra en Medio Oriente ya no es solo un conflicto geopolítico: comienza a transformarse en una crisis energética de alcance global.