El 24 de marzo de 1976 no fue una sorpresa total para la sociedad argentina. En los días previos, el clima social ya anticipaba un desenlace inevitable: crisis económica, violencia política, desabastecimiento y un sistema institucional paralizado.

En Buenos Aires, las señales estaban a la vista. Movimientos militares inusuales, refuerzos en puntos estratégicos y rumores constantes marcaban una tensión creciente. Sin embargo, la vida cotidiana continuaba con una aparente normalidad, atravesada por el miedo y el desgaste.

La inflación golpeaba fuerte, los precios cambiaban constantemente y muchos productos básicos escaseaban. Las góndolas vacías y el mercado negro formaban parte de la rutina, mientras el poder político parecía incapaz de revertir la situación.

En ese contexto, gran parte de la dirigencia ya consideraba inminente el golpe, incluso como una salida inevitable a la crisis. La sociedad, entre la incertidumbre y la resignación, comenzaba a aceptar lo que se avecinaba.

Durante la madrugada, el país entró en una nueva etapa. Las Fuerzas Armadas tomaron el control, detuvieron a la presidenta María Estela Martínez de Perón y comunicaron que la Argentina quedaba “bajo el control operacional de la Junta Militar”. 

Con el amanecer, la escena cambió por completo. Calles vacías, presencia militar en distintos puntos de la Ciudad y ciudadanos informándose a través de diarios y radios marcaron el inicio de una nueva realidad.

Años después, quedó claro que muy pocos comprendieron en ese momento la magnitud de lo que estaba comenzando. Lo que muchos imaginaron como un proceso transitorio derivó en uno de los períodos más oscuros de la historia argentina.

El recuerdo de ese día sigue siendo clave para entender no solo el pasado, sino también el valor de la democracia en el presente.